MATERNIDAD: PUNTO DE INFLEXIÓN

13.5.19


Pese a ser una dramática de libro llevé el embarazo con muchísima filosofía como os he contado en alguna que otra ocasión, pero tengo que reconocer que durante el primer trimestre la sensación de inseguridad fue real y notoria, y hasta pasadas las 12 semanas no respiré del todo aliviada. Inevitablemente, y aunque tratase de esquivar los pensamientos negativos, esa sensación de desconfianza me distraía más de lo que me hubiese gustado.

Pues bien, al igual que el primer trimestre del embarazo, el primer trimestre post parto ha sido un hueso duro de roer. Superarlo ha sido un punto de inflexión tras el que nos sentimos más cómodos, más tranquilos y, sobre todo, más confiados y seguros. Es ahora cuando empezamos a disfrutar de verdad de la buena.

Las primeras semanas todo, absolutamente todo es un caos. Al lado de tú cama duerme un duendecillo al que no conoces (y viceversa) y al que resulta imposible contentar en muchas ocasiones.

Sus lloros te atormentan, le miras la temperatura millones de veces, le cambias el pañal por si está mojado y está incómodo, le meneas un poquito por aquí y un poquito por allá, sacas a relucir el repertorio de nanas y canciones de cuna que te cantaba tú madre, y así un largo etcétera hasta que consigues que se calme, o hasta que te das por vencida y su llantina se convierte en la BSO del momento.

Un día tras otro, semana tras semana, hasta que poco a poco te das cuenta de que 'ése' chupete no le gusta, que lo suyo es estar libre de ataduras, que le gusta tanto la música como a su papá y que si le acaricias la cara se dejará caer rendido en los brazos de Morfeo..., en definitiva, hasta que le vas conociendo (y él a ti!) y sus manías se convierten en las tuyas y todo se vuelve más fácil, y más bonito.

El primer trimestre (post parto) es un sufrimiento continuo, un período de adaptación que a veces nos hace perder los nervios y preguntarnos: ¿que hemos hecho?, pero tras el cual todo cobra sentido. Las piezas del puzzle empiezan a encajar y él, con su desdentada sonrisa te hace explotar de amor.

No hay mal que cien años dure, ¿no?.


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